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martes, 10 febrero 2026

30 años contra el silencio

Por: Sofía Jaramillo, directora ejecutiva de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP)

En Colombia, la democracia ha aprendido a convivir con el silencio. No solo cuando se impone de manera abierta, sino cuando se vuelve costumbre, cuando la falta de periodismo deja de percibirse como una anomalía y se asume como parte del paisaje democrático. Hoy, el riesgo no es solo que se censure, sino que nos hayamos acostumbrado a vivir con menos periodismo del que una sociedad necesita para funcionar.

Hace tres décadas, la Fundación para la Libertad de Prensa nació como una respuesta a la forma más extrema de esa censura. Desde entonces, el país ha cambiado y con él, las maneras de silenciar. La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿cuánto periodismo está dispuesto a perder una sociedad antes de empezar a perder también su democracia?

Durante los años noventa, el silenciamiento tuvo una forma brutal y directa. La violencia contra periodistas marcó una época en la que no callar significaba morir. Esa violencia no desapareció del todo, pero se transformó. Ahora, rara vez se impone de manera frontal o solo con amenazas directas: se produce de forma gradual y persistente. Ese proceso ha tenido un efecto profundo y peligroso: ha reducido el umbral de lo que consideramos aceptable. Menos periodistas en las redacciones, menos investigaciones, menos presencia en los territorios, más temas que se dejan de cubrir sin que nadie pregunte por qué.

Treinta años no son solo una cifra conmemorativa. Son la medida de una persistencia colectiva frente a esa normalización. Porque la FLIP no ha caminado sola: es una red viva de periodistas, medios, comunidades, organizaciones aliadas y personas que entienden que el derecho a informar y a estar informados no pertenece sólo a quienes ejercen el periodismo, sino a toda la sociedad. Y que ese derecho se debilita cuando el periodismo se vuelve frágil o prescindible.

Este debilitamiento del ecosistema informativo no ha ocurrido en el vacío. Se ha dado en medio de transformaciones tecnológicas aceleradas, de modelos de negocio que no logran sostener el oficio. Es una decisión política, económica y cultural que tiene efectos profundos sobre la democracia.

Y así como ha evolucionado la censura, se ha ampliado la comprensión de lo que significa resistirla. La defensa de la libertad de prensa y de expresión ha exigido, con el tiempo, mirar más allá de la agresión y atender el entramado de condiciones que hacen posible, o imposible, el ejercicio periodístico. Acompañar a periodistas, construir herramientas de protección, fortalecer capacidades locales y tejer alianzas ha sido parte de este aprendizaje compartido.

Defender la libertad de prensa nunca ha sido un ejercicio fácil. Ha implicado incomodar al poder, cuestionar narrativas dominantes, insistir en el acceso a la información pública, acompañar a periodistas en los momentos más difíciles y recordar, una y otra vez, que sin periodismo libre no hay democracia posible.

Hoy, la pregunta sigue abierta. Qué se pierde cuando el silencio se vuelve costumbre. Y qué estamos dispuestos a hacer para no acostumbrarnos a él. En un país atravesado por profundas desigualdades, conflictos armados persistentes y una polarización creciente, acostumbrarse a vivir con menos periodismo, acostumbrarnos al silencio, no es una salida pragmática, es una renuncia peligrosa a la democracia.