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Viernes, 16 December 2016 16:41

30 años después, el crimen de Guillermo Cano sigue impune

Un mes antes de que cegaran la vida de Guillermo Cano Isaza, el mismo cartel que se había ensañado contra todo aquel que los nombrara asesinó al coronel Jaime Ramírez Gómez, entonces comandante del Departamento Antinarcóticos. Ramírez había desmantelado los laboratorios de “Tranquilandia” en marzo de 1984, ese año, por esos días, también silenciaron al ministro Rodrigo Lara Bonilla.

Ya desde entonces el director de El Espectador sabía que la política y la sociedad colombianas habían dado un giro hacia un lugar oscuro que rápidamente ganaba más terreno.

“Todo en él fue carácter, que es coraje”, escribió Cano una semana después del magnicidio de Lara Bonilla, “Se enfrentó, y ahí lo dejamos solo, como ministro de Justicia, al poder ominoso de la delincuencia organizada, que no podía tolerar por más tiempo que se ejerciera sobre su siniestra organización una vigilancia y se la sindicara sin timidez ni cobardía como uno de los grandes riesgos para la normalidad institucional de la República”.

Más de dos años después, en la tarde del miércoles 17 de diciembre de 1986, fue Guillermo Cano Isaza quien se quedó solo, fue su vigilancia la que no pudo tolerar más el narcotráfico, fue su coraje el que inspiró la cobardía de sus asesinos.

Ahora que se conmemoran 30 años del magnicidio, todos repiten sin dudas que el Cartel de Medellín mandó a apretar el gatillo, pero en los archivos judiciales escasean los responsables con nombres propios.

A 30 años de la muerte de Guillermo Cano, El caso continúa en la impunidad. En julio del 2010, la Fiscalía declaro este caso como de lesa humanidad “al considerarse que se dio en el contexto de un ataque sistemático y deliberado en contra de un grupo de personas connotadas que se pronunciaban a favor de la extradición y denunciaban el narcotráfico".

Por estos hechos hay dos condenas. Castor Emilio Montoya Peláez  fue condenado en 1996, pero nunca lo capturaron, era cómplice del sicario de Cano, pero este fue asesinado en una vendetta del crimen en Palmira, Valle. La otra sentencia es la de Luis Carlos Molina Yepes, que era una especie de prestamista del cartel y pagó desde su cuenta la moto que usaron los sicarios, Molina quedó libre en el 2004, tras pagar siete años de una condena de 16, y después de una fuga inexplicable de la sede del desaparecido DAS en Medellín.

El pasado 2 de noviembre, cuando en compañía de otras organizaciones se celebró el Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas, la señora Ana María Busquets de Cano, viuda del icónico director de El Espectador, rescató una columna de Cano en la que reiteraba su compromiso con la libertad de prensa.

“A pesar de todos los daños sufridos, los periódicos de la generación de periodismo sitiado tenemos, sin embargo, mucho que agradecerle a la censura. Gracias a ella, hoy sabemos mejor que nunca lo que vale la libertad como instrumento de justicia y como freno a la arbitrariedad, sabemos cuánto cuesta mantenerla y cuánto la odian los tiranos y los delincuentes. Si por tradición y por sangre hemos estado siempre al servicio de la Libertad de Expresión, ahora como víctimas, heridas mil veces por la opresión, reafirmamos nuestro propósito incancelable de defenderla, a costa no importa de cuántos sacrificios”.

Pareciera que el destino le hubiera cobrado la promesa, pero Guillermo Cano Isaza no quería ser un mártir. No buscaba los riesgos para inmortalizar su trabajo o su periódico. Perseguía, en cambio, compromisos éticos, valores fundamentales para la cultura, la política y la sociedad colombiana. Se aferró a principios democráticos, como la libertad o la justicia, y por eso resulta descorazonador que sea precisamente el crimen en su contra el que permanezca impune.

El asesinato de Guillermo Cano Isaza fue declarado crimen de lesa Humanidad. Pero como ya ha ocurrido, a la FLIP le preocupa que, ahora que el caso no prescribirá, la justicia se anquilose ante la falta de presiones.