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Wednesday, 16 August 2006 03:00

Las Farc aún siguen en Uribe-Meta

(Tomado con autorización del diario ‘El País’ de Cali. www.elpais.com.co).

Intentando contar cómo el Gobierno “recuperó” una porción del país tan grande como Francia, quedó en evidencia otra realidad: la guerrilla se sigue paseando a sus anchas por el Meta. Junto a mi reportero gráfico fui retenido, obligado a interrumpir el trabajo periodístico y vetado para regresar. Crónica, sin ataduras, de una captura y el abandono estatal.

Por Jorge Enrique Rojas
Reportero de 'El País'

La intención era otra. El viaje hasta la vereda La Julia, en Uribe, Meta, tenía como propósito narrar la recuperación que el Estado dijo haber logrado de esa, a la que antes llamaban la ciudad de las Farc.

En el mes de junio el Ejército anunció que gracias a un desembarco nocturno de la Agrupación de Fuerzas de Antiterrorismo Urbano se había iniciado el control de la zona y que ‘Romaña’ y el ‘Mono Jojoy’ ya no eran más los dueños del pueblo, que ya no se paseaban por ahí. La alta cúpula militar afirmó que en esos 700 kilómetros cuadrados se concentraría la tercera fase del Plan Patriota, que montaría una base, que arrinconaría al Estado Mayor del Bloque Oriental, que por fin se podría volver al Llano...

El pasado miércoles 16 de agosto en Puerto Muribá, a sólo una hora de La Julia, donde ese fin de semana estuvieron el Ministro de Defensa, el Comandante de las Fuerzas Militares, 200 soldados antiguerrilla y dos helicópteros artillados llevando medicinas y “presencia estatal”, fui secuestrado junto a mi reportero gráfico.

Las milicias de las Farc nos bajaron del campero en el que viajábamos con otras 16 personas. Nos llevaron a orillas del río Duda, el mismo donde el Frente 40 ha asesinado a tantos hombres del Ejército colombiano, nos requisaron, se llevaron las cámaras, la grabadora, los celulares, los carnés del periódico. Dijeron que no podíamos seguir, que no habíamos pedido permiso, que si salíamos del pueblo nos mataban.

Dos horas antes, en la base militar de Uribe, el Comandante de la Brigada Móvil Número Dos había afirmado que la zona estaba segura, llena de soldados que le hacían frente a una dura batalla que ya empezaban a ganar.

Comí buñuelos de papel

Ahora no recuerdo la cara del miliciano que daba las órdenes, sólo su mano: gorda, callosa, fría, sucia. Me la extendió para apretar la mía y contagiarme de miedo, para hacerme entender que allí, eran ellos los que tenían el control de nuestras vidas, de todo. Eran las cinco de la tarde y ninguno de los campesinos que viajaban con nosotros quiso mirar cómo nos obligaban a sacar las maletas del carro. ¿Sabrá el Presidente que en 50 kilómetros de trochas, la misma distancia entre Cali y Buga, no hay un sólo uniformado vigilando el camino? ¿Tendrá idea de cuántos secuestros habrá hecho la guerrilla por ahí?

Puerto Muribá no existe en los mapas. Es una hondonada de una sola calle de piedras y barro amarillo, reseco, que desemboca en el río Duda: un cauce revuelto, corrientoso, oscuro, que arrastra tierra y, a veces, muertos. En las orillas viven chigüiros, dantas, armadillos, pericos reales, alcaravanes, babillas, boas, serpientes coral y culebras cascabel. El Duda está lleno de vericuetos que de lejos lo hacen ver como un río de interrogantes.

El caserío huele a aserrín. Hay 23 ranchos de madera, techos de hojalata, un granero, dos tiendas, un billar, cuatro perros coli mochos, tres árboles de guayaba, un morichal y un arrume de canecas metálicas que son utilizadas para quemar amoníaco y procesar cocaína, el principal insumo de sostenimiento de las Farc.

También hay una casa con 16 cuartos que llaman “la residencia”. Allí nos dieron un catre y un paquete de velas para pasar la noche. Diana, la cuidandera, tenía caderas anchas, ojos cafés, pelo revuelto y dientes apiñados hacia la izquierda: los mostraba cuando nos veía el sudor en las manos. La suya, era una sonrisa retorcida, que avisaba de qué lado estaba.

En Puerto Muribá no hay agua, ni teléfono, ni señal de celular, ni médico, ni escuela, ni iglesia, ni energía eléctrica. La calle es recorrida por niños descalzos, ancianos enfermos, madres solteras, viudas, gallinas amarillas que le hacen el quite a motocicletas que rugen por la noche.

Las primeras doce horas fueron heladas, mudas, negras. Pasaron mientras nos comíamos ocho hojas de una libreta que la guerrilla no encontró en la requisa. Eran los datos recogidos en la base militar de Uribe, cifras de los operativos, número de capturas, sindicados, nombres de soldados, movimientos del pie de fuerza. Temíamos que pensaran que contábamos con más información, que nos creyeran útiles para su guerra. Los primeros trozos arañaron la garganta, provocaron vómito. Luego aprendimos a moldear bolas del tamaño de buñuelos, a masticarlas por horas, ablandarlas con saliva, molerlas. Ese sabor áspero, amargo, estéril, se convirtió en un bocado de vida.

101 moscas en la cara

En la calle amaneció un carro de la ONG internacional Médicos del Mundo. Según la cuidandera, estaban autorizados por la guerrilla para estar ahí. Diana contó que ellos iban y venían llevando vacunas, aspirinas, jarabes para la tos, antibióticos y que por eso eran bien recibidos. Los tres miembros de la misión médica durmieron en la casa de uno de los hombres que nos retuvo.

A las nueve, la mujer fritó gordos y visceras de una carne de bordes negros. Sugirió que comiéramos porque era mejor, porque no se sabía, porque ella, su esposo y sus dos niñas, se iban al otro lado del río, porque tenía que cerrar la casa y dejarnos afuera.

Y así fue, cobró la dormida, las velas, el café, la lavada de las sábanas, el desayuno que se quedó servido y el alquiler de dos sillas rojas que dejó en la calle.

Allí esperamos toda la mañana una palabra, una seña, algo que nos diera razón del encierro. Las manos otra vez se derretían en sudor, pero ya nadie se burlaba. Entonces mi fotógrafo habló de su bebé de cuatro meses, de lo alto que está su hijo mayor, de lo mucho que le gusta el pelo rizado de su mujer, de la vez que se escaparon para empezar una familia, del carro que quisiera tener para llevarlos a pasear. Yo, le conté de mi mamá, de las sonrisas que a veces me pinta en el vapor que se pega al espejo del baño, de los regaños por romperme las rodillas jugando fútbol, pensé en mariposas verdes.

También pensé en los cuatro secuestros diarios que hay en el país, en los 4.043 colombianos que permanecen encadenados en el monte, en los doce diputados del Valle que llevan cuatro años en poder de las Farc, en todas las veces que hablé con sus madres, esposas, hijos, amigos, que los siguen esperando en las navidades. Recordé que el delito se ha banalizado tanto que, ahora, yo no era más que un número, una estadística, sentí que el golpe que más dolía era el de la incertidumbre, que ya no quería contener las lágrimas. Al menos, me di esa libertad: lloré.

Y pasaron diez, treinta, cincuenta campesinos, niños, ancianos, mujeres que bajaban de la loma en caballos, motos, mulas, bicicletas, a pie, que nos miraban con odio, como si haber llegado hasta ahí fuera pecado, una afrenta. Como si estuviéramos contagiados de alguna de peste.
Y así lo parecía: pasamos el día cazando moscas que nos revoloteaban encima, que se nos pegaban en la cara, en los ojos, que se alimentaban del llanto. Matamos 101, yo las conté. ¿Olíamos a muerto?

La vida lejos, a 10 horas

Antes de que empezara la noche vimos el sobrevuelo de dos helicópteros del Ejército, un Blackhawk y un Apache artillado. Fantaseamos con un rescate. Luego entendí que era imposible, allí iba Juan Manuel Santos, ministro de Defensa, y el general Fredy Padilla, comandante de las Fuerzas Militares: acababan de salir de La Julia, donde estuvieron anunciando que el Estado había llegado para quedarse y que en tres meses les llevarían electricidad. Nosotros, abajo, estábamos a sólo cinco minutos de ellos.

Diana, la cuidandera, decía no entender qué era el Estado. Para ella la única autoridad es la guerrilla. Les agradece que no haya ladrones y que les paguen las gallinas, marranos y vacas, que los soldados a veces se llevan.

A las once de la noche, aún esperando en las sillas rojas, aún con las manos mojadas, el miliciano que se llevó el equipo de prensa apareció en la oscuridad. Dijo que la orden era que nos fuéramos en la madrugada, que se quedaban con algunas cosas para investigar, que la libertad de prensa no existía, que no entráramos a Uribe porque nos mataban, que por allá no volviéramos, que la guerrilla mandaba en la zona, que estaba en todo el país.

Para poder regresar a Villavicencio sin pasar por Uribe teníamos que llegar a Granada, casi, bordeando la Sierra de La Macarena. Para eso viajamos en un campero junto a catorce campesinos y dos milicianos que nos acompañaron las diez horas que duró el recorrido. Querían asegurarse de que saliéramos en la dirección correcta.

En el camino, después de Mesetas, luego del medio día, pasamos dos retenes del Ejército donde hicieron requisas y pidieron cédulas: no hubo detenidos, los milicianos nunca se asustaron.

Ya en Granada, saltamos en la primer parada. Corrimos, doblamos esquinas, saltamos charcos de agua, nos escondimos entre los carros, nos perdimos en el tumulto. En el parque sonaban vallenatos, celebraban la Fiesta de la Cosecha.

En esa carrera encontramos tres policías que tomaban jugo de naranja en vasos de papel. Les contamos, nos identificamos, nos vieron los pies embarrados y no nos creyeron. Dijeron que no teníamos cara de secuestrados, que por allí no había guerrilla.

Entonces decidimos continuar sin ayuda los 74 kilómetros que faltaban para llegar a la capital del Meta. Daba igual, siempre estuvimos solos.

Al otro día, en el aeropuerto de Bogotá, nos pusimos ropa limpia, que olía a limón. Y caminamos por ahí, sin afanes, sin ir a ningún lado, sin que sudaran las manos, y por fin reímos, y comimos hamburguesas y papas fritas y malteada de vainilla: ese fue el sabor de la libertad.

Ahora, aunque duele al recordarlo, me he prometido no olvidar esas 46 horas. Tal vez no sea mucho, pero es un gesto en honor de esos hombres, mujeres, ancianos, políticos, policías, soldados, esposos, madres, hermanos, niños, que siguen siendo maltratados, humillados por sus captores y abandonados en la selva, sin que nadie haga algo por ellos.